William I. Koch parece estar librando una heroica cruzada contra el fraude y las falsificaciones de vino. El billonario estadounidense propietario de la compañía energética Oxbow Corporation y coleccionista compulsivo cuenta con una bodega de 35.000 botellas repleta de joyas históricas. Hace unos años la peinó de arriba abajo y el resultado del análisis detallado de sus contenidos ha llevado a demandas de distinto signo.
La más famosa, sin duda, y que ha hecho correr ríos de tinta, se presentó en 2007 contra Hardy Rodenstock, el coleccionista alemán descubridor de una partida de botellas del siglo XVIII, presuntamente halladas en un sótano tapiado de París y grabadas con las iniciales Th. J. que luego se dieron a conocer al mundo como las botellas de Thomas Jefferson. Koch adquirió cuatro de ellas en 1988 a través de distintos intermediarios.
Pero Koch también ha demandado a las casas de subastas Zachys y Acker, al coleccionista Eric Greenberg y a las firmas Chicago Wine Company y Julienne Importing Company por venderle vinos falsos. En una entrevista concedida a Wine Spectator en 2007 afirmaba indignado que Rodenstock no era sino la punta del iceberg y que planeaba meter en la cárcel a muchos más, conseguir que le devolvieran su dinero y forzar a las casas de subastas y a los detallistas que comerciaban con vinos finos y raros a que realizaran serios cambios en su forma de operar.
La demanda presentada contra Rudy Kurniawan hace unos días no parece sino confirmar la voluntad de Koch de perseguir todos los fraudes ocultos en su bodega. Le acusa en concreto de ser la fuente de cinco botellas que adquirió a través de la casa de subastas Acker Merrall & Condit: un Pétrus 1947, un Comte Georges de Vogüé Musigny Cuvée Vielles Vignes 1945, un Lafleur 1949 y dos botellas del Domaine de la Romanée-Conti 1943 por las que pagó un total de 77.925 dólares. El problema es que en el momento de la venta Kurniawan no figuraba como origen de esas botellas, aunque según se desprende del texto de la denuncia la casa de subastas reconoció finalmente que provenían de este joven oriental nacido en Indonesia en 1976.
Kurniawan, un personaje fuera de lo común
Hijo menor de una acaudalada familia china sobre la que siempre se ha esforzado en mantener un discreto anonimato, la trayectoria de Kurniawan en el mundo del vino es tan estrafalaria como meteórica. En uno de los escasos perfiles que se han publicado sobre él realizado por Jancis Robinson relata que tuvo su particular epifanía vinícola con 25 añitos y una botella del tinto californiano Opus One. A partir de ahí empezó a comprar vino compulsivamente gracias al mullido colchón financiero que ofrecía su familia, hasta crear una bodega que en su momento más boyante llegó a albergar ¡50.000 botellas de vinos finos!
“¿Cómo demonios reunió tantos miles de botellas de vino en menos de seis años?”, se preguntaba la escritora británica, quien además incidía en la preocupación creciente en el selecto mundillo de los vinos finos por la procedencia de los lotes que se subastan. Las respuestas de Kurniawan iban en la línea de: “Busqué vino en las subastas. Compré muy agresivamente. Nunca decía: ‘Quiero dos botellas’, sino: ‘¿Cuántas cajas tienen? ¿Veinte? Me las llevo’. La gente empezó a enterarse de que estaba comprando y muchas veces me ofrecían directamente el vino antes de hacerlo a las casas de subastas”.
En otro artículo publicado en Los Angeles Times se describe a Rudy como un joven irreverente que asiste a las subastas con vaqueros raídos, camiseta y botas camperas, pero que lleva un reloj espectacularmente caro y tiene una colección de coches de lujo entre los que destaca un Ferrari negro y un Bentley de edición limitada. Respecto a su poderío económico, ese mismo artículo añade que durante varios años estuvo gastando en vino una media de un millón de dólares al mes y que era asiduo de las principales casas de subastas de Estados Unidos.
Pero también empezó a vender y creó su propio negocio de venta y servicios de vinos finos: Terroir. Con una parte de su bodega Acker Merral & Condit celebró en octubre de 2006 una de las ventas más espectaculares de la historia que batió récords en su momento. A lo largo de dos días se subastaron 2.271 lotes de la bodega personal de Kurniawan por un importe total superior a los ¡24 millones de dólares! A Rudy aún le faltaban unos meses para cumplir 30 años.
En la demanda presentada por Koch se le acusa de vender vinos en subastas bajo seudónimo y de comprar y vender el mismo vino como una estrategia para inflar precios y luego poder inundar el mercado de aquellas marcas que más espectacularmente se hubieran revalorizado. También se citan casos concretos de vinos ofrecidos a subasta que tuvieron que ser retirados de los catálogos en el último momento por la intervención de las propias bodegas productoras que llamaron la atención sobre su falsedad, en concreto un lote de seis mágnums de Le Pin 1982 a través de Christie’s y varios de la prestigiosa firma de Borgoña Domaine Ponsot a través de Acker. En concreto se explica que Laurent Ponsot se reunió con Kurniawan en numerosas ocasiones para intentar conocer quién le suministró los vinos falsos, pero sólo recibió largas y evasivas, y lo propio les sucedió a los representantes de Koch cuando quisieron seguir el rastro de las botellas falsas del billionario.
Las botellas de Thomas Jefferson y Roddenstock, otro tipo peculiar
El misterio parece ser el ingrediente básico de estas historias en las que llega un momento en el que hay más preguntas que respuestas. El periplo de las famosas botellas que supuestamente pertenecieron a Thomas Jefferson es lo más parecido a una novela de intriga y explica el éxito del libro de Benjamin Wallace The Billionaire’s Vinegar; The Mystery of the World’s Most Expensive Bottle of Wine. En él Wallace sigue su rastro durante un periodo de más de veinte años y relata las experiencias sensoriales de aquellas que se abrieron y cataron, las dudas que generaron otras hasta el punto de acabar en distintos laboratorios para ser sometidas a pruebas de termoluminiscencia, carbono 14 y otros tratamientos científicos en una serie de intentos nunca plenamente satisfactorios por determinar su edad exacta, o el infortunio de las que se malograron por el camino: una por una rotura accidental; otra, un Château Lafite 1787 que fue adquirida por el magnate de la prensa Malcom Forbes y que aún ostenta el récord de ser la botella más cara del mundo (105.000 libras esterlinas o 156.450 dólares de la época), porque un día se desprendió el corcho y cayó irremediablemente en el vino.
La personalidad de los personajes implicados en la trama no hace sino añadir más leña al fuego. El libro describe al descubridor de las botellas, Hardy Rodenstock, como un coleccionista incipiente poco dado a desvelar aspectos sobre su origen o su vida privada (más misterio) que va subiendo progresivamente en el escalafón social. Su gran pasión por los vinos prefiloxéricos sólo parce comparable a su gran suerte para descubrir botellas antiguas de distintas fuentes nunca reveladas con las que comercia privadamente o a través de distintas casas de subastas. Las de Thomas Jefferson son sin duda las más notorias (por lo visto el primero que hizo la asociación entre las iniciales Th. J. y el tercer presidente norteamericano fue el conde de Lur Saluces, antiguo propietario de Château d’Yquem y durante una época muy cercano a Rodenstock), pero también se habla de una colección privada en Venezuela por la que pagó un millón de dólares o de vinos traídos peligrosamente desde Rusia.
Como marco, una época de excesos y rivalidad entre coleccionistas por poseer las botellas más viejas o más raras y por organizar las catas más extravagantes y espectaculares. Los eventos más fastuosos fueron siempre obra de Rodenstock y la cima nunca igualada la cata monotemática de varios días sobre Château d’Yquem con cosechas entre 1784 y 1991 y en la que se descorcharon algunas de las botellas con las iniciales de Jefferson.
En los últimos años, los expertos han sido testigos del aumento de falsificaciones en el mercado de vinos finos, de forma paralela a la revalorización de los mismos y a una continua subida de precios que la crisis actual apenas ha moderado levemente. ¿Cuántos de los vinos que aparecen en las fastuosas catas descritas en el libro podrían ser falsos? Wallace desvela sospechas sobre numerosas marcas, añadas y formatos.
Los propios châteaux ponen en duda la existencia de algunas botellas que pululan por el mercado de los vinos finos. Muchos de ellos se han vuelto muy reticentes en torno a la posibilidad de reemplazar los corchos de añadas muy antiguas, ya que eso equivaldría a dar autenticidad al vino. Y en los últimos tiempos han trabajado en sus botellas y etiquetas para evitar fraudes y falsificaciones.
En lo que respecta a las botellas de Jefferson, sobre ellas siempre ha planeado una doble sombra. Por un lado, sobre la autenticidad del líquido que contenían en su interior, imposible de determinar científicamente con precisión. Por otro, la pertenencia a Thomas Jefferson que multiplicaba su valor exponencialmente. En este último sentido, el asunto siempre contó las reticencias y la negativa de Monticello, el centro que alberga la fundación Thomas Jefferson y cuenta con detallada documentación sobre la figura del que fuera presidente de Estados Unidos. Koch, por su parte, no demandó a Rodenstock hasta que diversos expertos verificaron que la grabación de las iniciales Th. J. en la botella tuvo que ser muy posterior al siglo XVIII.
Rodenstock, por supuesto, siempre ha defendido la veracidad del hallazgo y se ha negado a revelar el lugar donde se encontraron las botellas. De hecho, nunca dio a conocer el número exacto de ellas. Tras varios episodios, la batalla iniciada por Koch contra él sigue su curso legal.
Michael Broadbent, también va a los tribunales
Pero hay una tercera demanda que ha calentado más si cabe el ambiente. La noticia saltó justo antes del verano. Michael Broadbent demandaba por libelo y difamación a Random House, la editorial norteamericana que publicó el libro de Wallace.
Broadbent, una de los personajes más venerados del sector, director de la división de vinos de Christie’s hasta 1990 y el escritor que más vinos viejos ha probado y cuyas catas ha recopilado y publicado minuciosamente durante décadas, subastó tres de las botellas de Jefferson entre 1985 y 1987: el Lafite del récord, un Château d’Yquem de 1784 y una media botella de Château Margaux de 1784.
En realidad, es uno de los personajes principales del libro de Wallace, inevitablemente relacionado con la figura de Roddenstock. No sólo subastó vinos suyos, sino que fue un asiduo participante en las exuberantes catas organizadas por él. Y es cierto que su imagen queda en entredicho en la obra, no tanto porque se le acuse de una complicidad abierta con Rodenstock, sino más bien por no haber realizado un análisis mucho más detallado de las famosas botellas, no haber apoyado su veracidad en argumentos sólidos y haber desoído, por ejemplo, los escépticos informes procedentes de Monticello.
Mike Steinberger ha dedicado un artículo en Slate a la demanda de Boradbent en el que considera que con este paso no hace sino llamar más la atención sobre este asunto espinoso.
La demanda se ha presentado en Reino Unido, ya que el libro se comercializa también en ese país a través de Amazon, entre otras cosas porque ninguna editorial británica se interesó por adquirir sus derechos. Nada que ver con Estados Unidos donde ya se han adquirido los derechos para el cine. Con tanto dinero de por medio, páginas y páginas de periódicos, buenas dosis de suspense, un libro de éxito y quién sabe si una película taquillera en el futuro, el mundo del coleccionismo de vino ha abandonado su pequeño reducto de expertos para mostrarse, fascinante pero también lleno de lacras, a los ojos del mundo.