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Volver a los riojas clásicos


Las bocas sedosas y suaves, los finales largos y la riqueza de matices son valores innatos de los riojas tradicionales
La Revista todovino - A. Cervera (20 de octubre)

¿Han probado recientemente alguna marca histórica de Rioja? Ofrecen muchos de los nuevos valores de moda en el vino (sedosidad, sutilidad, frescura y buenos finales de boca) y por el camino han ganado en fruta y centro de boca. Quizás se podrían llevar más de una agradable sorpresa descorchando un Riscal, un Murrieta, un Viña Ardanza...

¿Qué es clásico?
¡Oh, cielos! El perfil de madera vieja (con todos sus peligros), larguísimos tiempos de crianza, colores abiertos y bocas delgadas y a menudo ácidas no parece ya demasiado válido para muchos de estos tintos. Aunque también habría que reconocer que la definición recoge lo peor de una época, maleada por la fiebre exportadora y con tintes industriales de los años setenta; un estilo contra el que reaccionaron numerosas bodegas y elaboradores a finales de los ochenta y principios de los noventa. Su objetivo: crear una Rioja distinta y “moderna”.

Pero ya instalados en el siglo XXI, estos conceptos de “clásico” y “moderno” utilizados hasta la saciedad están tan maleados que amenazan con quedarse vacíos de contenido. María Vargas, directora técnica de Marqués de Murrieta, no puede ocultar su más profundo rechazo ante esta dicotomía. “Sobre todo –especifica– porque el término clásico se ha utilizado en sentido peyorativo”. Y añade: “Cuando yo llegué a Murrieta y probé Castillo Ygay, me pareció el vino más moderno de la bodega”.

¿A qué llamamos hoy clásico y a qué moderno? Barón de Chirel, por ejemplo, está considerado unánimemente el primer tinto moderno de Rioja, pero visto con la perspectiva de hoy ¿seguiríamos aplicando esta etiqueta? Para colmo de males, las fronteras empiezan a difuminarse. No deja de ser paradójico que el gran objetivo actual de los “modernos” más avanzados sea el de dejar atrás los excesos de extracción y avanzar en el camino de la elegancia y las texturas sedosas (una especie de “operación borgoña” que a menudo se refleja en la tipología de la botella elegida). Los “clásicos” por su parte llevan una buena partida de años poniendo orden en sus parques de barricas y prestando mayor atención al viñedo para conseguir bocas algo más llenas y frutales; en definitiva, “modernizándose”.

Renovarse o…
Hoy y con la perspectiva de los años algunas casas entonan su particular mea culpa. “Cuando me incorporé a bodega –escuchábamos recientemente a Guillermo Aranzábal, presidente de La Rioja Alta– la mayoría de los vinos salían al mercado bastante evolucionados y maderizados”.

Aranzábal pronunciaba estas palabras en el transcurso de una reciente cata vertical de añadas escogidas de Viña Ardanza. Entre los vinos viejos destacaron las cosechas 1982 y 1995 por su capacidad para recordarnos la maravillosa complejidad que pueden alcanzar en botella, la presencia de la acidez como hilo conductor que regala larguísimos finales de boca o el sinfín de matices aromáticos que pueden ofrecer los mejores clásicos.

El objetivo de la reunión era también presentar la nueva imagen –y estilo– de la que es probablemente la marca más emblemática y conocida de la casa. Viña Ardanza Reserva Especial 2001 acaba de salir al mercado con una presentación renovada y mayor expresión frutal dentro de la botella. Hay por supuesto notas de vainillas y un ligero fondo de cuero, pero resulta más limpio y nítido, y también más lleno en boca. La carambola, según explicaba Aranzábal, es ofrecer un tinto “más moderno y frutal en ataque, más fresco, pero con el retrogusto de los clásicos, largo y suave”.

En realidad, tras la actualización del vino hay una profunda transformación de bodega. Gran parte de la reconversión interna de la casa ha tenido que ver con la compra de viñedo hasta las 450 hectáreas actuales para asegurarse una serie de materias primas indispensables, el rejuvenecimiento del parque de barricas hasta alcanzar una media de cuatro años y una reducción de los tiempos de crianza. No obstante, la vocación de “envejecer” sigue presente en las ¡46.000 barricas! que generan una complicadísima logística de stocks, más aún si se piensa que todos los vinos se trasiegan (se pasan de una barrica a otra) manualmente cada seis meses.

Vña Ardanza es hoy un compendio de tradición con algunas innovaciones, pero en lo básico se mantiene inalterable. Sigue siendo un tinto de ensamblaje de tempranillo de Rioja Alta con garnacha de Rioja Baja, se elabora con levaduras autóctonas y la crianza se realiza en roble americano, en la actualidad durante 36 meses. Eso sí, los tempranillos son más contundentes y se está introduciendo la maceración pelicular en la elaboración para realzar esa vertiente frutal. Quizás por esto Guillermo Aranzábal prefiere hablar de evolución en lugar de revolución e insiste en que su filosofía es adaptarse más a las tendencias que a las modas.

Buenas añadas para recuperar marcas históricas
En mayor o menor medida (y salvo posturas inquebrantables y comprometidas con el pasado como en Tondonia ), casi todas las casas históricas de Rioja han llevado a cabo un proceso de renovación en los últimos años. La opción en muchos casos, como hicieron Riscal con Chirel, Murrieta con Dalmau, Muga con Torre Muga o Cvne con Real de Asúa, fue crear un tinto moderno para no caerse del carro de los nuevos tiempos, pero eso no quiere decir que sus gamas tradicionales se quedaran estáticas.

Con muchos grandes reservas de la cosecha 2001 llegando al mercado, abundantes reservas de 2004 aún en las estanterías y muchos 2005 en proceso de lanzamiento sería una pena no aprovechar esta serie de excelentes añadas para recuperar algunas marcas tradicionales.

¿Qué van a encontrar en ellas? María Vargas, de Marqués de Murrieta, reivindica “la profundidad de boca de un vino bien envejecido” y apuesta por vinos menos obvios y que se puedan descubrir. Desde su punto de vista, resulta más complicado equilibrar que concentrar. “La verdadera dificultad es que un vino se haga complejo en su periodo de crianza en barrica”, señala.

Desde esta perspectiva, Castillo Ygay es la gran joya de Murrieta. “Para hacer un gran reserva, insiste María, las uvas tienen que ser excepcionales y no todas las bodegas tienen la experiencia de envejecer el vino durante tantos años. Porque envejecer es mucho más que meter el vino en barrica”.

Por otro lado, el viñedo está muy lejos de jugar un papel secundario en este tipo de vinos. Ygay se elabora con las parcelas más viejas y situadas a mayor altitud de la finca, con tempranillo y mazuelos de muy baja producción (sólo 2.500-3.000 kilos hectáreas) que deben aportar complejidad aromática y un potencial ácido al vino. Las uvas que van al gran reserva de Muga, Prado Enea, también proceden de viñedos altos, en este caso de la zona de Haro. De hecho, están situados a 100 metros más de altitud que los que van a Torre Muga y son los de maduración más tardía.

Pero incluso en etiquetas de alta producción como podría ser el Marqués de Riscal Reserva la atención a la viña es cada vez más obsesiva. Paco Hurtado de Amézaga, director técnico de la casa, insiste en que “un reserva no es un crianza con un año más de botella, sino que tiene que nacer para serlo”. Y buscar una cantidad importante de uvas de calidad que permitan mantener los más de tres millones de botellas que se elaboran anualmente de este tinto no es precisamente fácil. La clave para Paco Hurtado está en un control exhaustivo de las viñas tanto propias como ajenas durante todo el ciclo vegetativo en lo que respecta a poda, tratamientos, carga, seguimiento de la maduración…

Volviendo a Viña Ardanza, uno de los principales retos para la continuidad de la marca ha sido asegurarse un abastecimiento regular y de calidad de garnachas de Rioja Baja teniendo en cuenta que esta variedad viene a representar en torno al 20-25% del ensamblaje.

Buscando la elegancia
Las bocas sedosas y suaves, los finales largos de boca, la riqueza de matices en nariz han sido valores innatos de los riojas tradicionales que se enorgullecían de salir al mercado cuando estaban listos para ser consumidos y disfrutados y además, sobre todo en el caso de los grandes reservas, con una larga –y probada– vida por delante.

A los riojas de cierta de edad a menudo se les ha acusado de ser vinos más de nariz que de boca, aunque en las grandes añadas (ya sea para la zona o para la bodega teniendo en cuenta el gran tamaño de la denominación) se consiguen experiencias memorables como las que nos depararon los Ardanzas del 82 y el 95. Sin embargo, nunca se ha puesto en duda la elegancia de sus mejores ejemplos.

Quienes han descartado totalmente el consumo de estas marcas tradicionales, quizás deberían darles otra oportunidad. Tal vez descubran que el contenido de la botella, especialmente en el transcurso de una comida, les resulta altamente gratificante. Por otro lado, esa cierta actualización a la que han sido sometidas acortará seguramente las distancias en los paladares acostumbrados a otros estilos.

Y respecto a la dualidad clásico-moderno, quizás haya llegado el momento de pasar página. En la mesa de cata cada vez vemos una mayor preocupación por parte de los elaboradores más punteros por conseguir un perfil de vinos elegantes y placenteros. Después, por qué camino llegue cada uno a este lugar dependerá de su propia reflexión sobre lo que es el Rioja, su experiencia, trayectoria y filosofía.

Tiene razón María Vargas, de Murrieta, cuando dice que “se nos ha olvidado la elegancia, que es lo más difícil de conseguir en un vino, con la graduación que sea y con mayor o menor concentración”.

Y es innegable que los riojas clásicos, o tradicionales, o históricos, tienen mucho que aportar al discurso de la elegancia.

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